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Por Ariel Silva – 5 de agosto de 2025

En la economía clásica, los bienes Giffen son una rara excepción a la ley de la demanda: son aquellos bienes cuyo consumo aumenta cuando su precio también lo hace. Esta paradoja, generalmente reservada para bienes básicos de subsistencia como el arroz o el pan en contextos de pobreza extrema, parece tener una analogía sorprendente en los bosques del Ecuador, particularmente en comunidades altamente dependientes de los recursos forestales.

A primera vista, el bosque se percibe como un proveedor gratuito e inagotable de bienes y servicios: leña, agua, frutos, fibras, materiales de construcción, medicinas, entre muchos otros. Sin embargo, esta gratuidad es solo aparente. A medida que aumentan las comunidades humanas y su dependencia directa del bosque para sostener sus medios de vida, también aumenta la presión sobre estos ecosistemas. Y con ello, se incrementa la escasez de los recursos que antes parecían infinitos.

Esta escasez progresiva funciona como una señal de precio. Es decir, aunque no exista una etiqueta monetaria sobre cada árbol, cada arroyo o cada planta medicinal, la dificultad creciente para acceder a ellos es una forma de expresar que el «precio de uso» del bosque ha subido. El tiempo necesario para recolectar leña, la distancia que se debe recorrer para encontrar agua limpia o la necesidad de comprar en el mercado lo que antes se obtenía gratuitamente, son expresiones concretas de un fenómeno de encarecimiento invisible pero tangible.

Como en el caso de los bienes Giffen, las familias que ven aumentar estos «precios» muchas veces no pueden sustituir el recurso forestal por otro más barato o eficiente. Al contrario, aumentan su dependencia. En zonas rurales, ante la pérdida de cultivos por sequías o plagas, los hogares recurren aún más a la caza o la recolección. Si la leña escasea, en lugar de comprar gas (que implica gasto en efectivo y acceso a infraestructura), las familias recorren distancias mayores o dedican más miembros al acopio forestal. Este círculo refuerza la presión sobre el bosque y agrava la espiral de escasez.

Desde el enfoque de la bioeconomía, este fenómeno evidencia la necesidad urgente de replantear nuestra visión de los bosques: ya no como bienes gratuitos a ser explotados sin medida, sino como activos económicos estratégicos cuyo uso debe estar sujeto a principios de equidad, sostenibilidad y regeneración. Implementar mecanismos de monitoreo del «precio ecológico» de los bienes forestales –como el tiempo de acceso, la abundancia relativa, o el costo de reemplazo en el mercado– puede ser una herramienta potente para anticipar crisis socioecológicas.

En definitiva, los bosques ecuatorianos no están exentos de las leyes de la economía. Ignorar sus dinámicas de escasez y presión es ignorar su creciente valor en un mundo que ya vive las consecuencias del colapso ambiental. Reconocer que el bosque puede comportarse como un bien Giffen es dar un paso hacia políticas más inteligentes, justas y adaptativas para conservar nuestros ecosistemas y sostener los medios de vida que de ellos dependen.